Después de reflexionar mucho y hacerme consciente de la responsabilidad y compromiso que implicaba tener una mascota canina en casa, decidí acudir al centro municipal de adopciones de mi ciudad. Alli decenas de perros estaba distribuido por tamaños, edades, patologías, todos observando a través de las cancelas a la espera de ser el elegido.
Rellené un formulario donde expresaba mis necesidades y la capacidad de tiempo y espacio que podía ofrecer al animal. Quería un animal que fuera tranquilo, que ya fuera adulto y que disfrutara del campo tanto como yo.
Me dirigieron al área de geriátrico donde estaban los perros mayores de 5 años y allí me encontré con Tila, que no tenía aún 5 años pero que gozaba de la serenidad y la templanza de un perro adulto.
Me contaron que ella había sido una perra destinada a la crianza de perros podenco y que no había tenido apenas contacto con los humanos, por lo que no conocía el lenguaje no verbal de los humanos y basicamente no sabía reaccionar ante estos, aunque su actitud era pacífica.
En dos días, Tila estaba viviendo en casa y los primeros tres días los pasó durmiendo, bebiendo agua y dejándose acariciar. Tenía mucho estrés acumulado en su cuerpo, pero paso a paso se fué recuperando.
Hoy, cuatro años después, Tila goza de una salud de hierro, convive con otras dos perritas y una gata, disfruta de largos paseos por el monte, donde desarrolla todo su potencial físico y emocional.
Un ejemplo viviente de que el cariño y la paciencia en nuestras casas les aportan la seguridad y la confianza que precisan para vivir una vida plena.
