Un cachorro siempre es apetecible y nuestro hijo se enamoró de Kin desde el primer momento en que sus amigos se lo pusieron en los brazos. Según la legislación de nuestro país, Kin es un perro catalogado como potencialmente peligroso y esto requiere una documentación y un protocolo especial en la vía pública.
Mi esposa y yo gozábamos de nuestro primer año de jubilación y recibíamos tanto a mi hijo como a Kin con sumo agrado algún que otro fin de semana. Es un perro amable, testarudo y cariñoso. Su afición por los balones y los palos hizo que pronto tuviéramos la casa llena de éstos para cuando viniera él.
Desafortunadamente no teníamos nietos, así que Kin se convirtió en nuestro único foco de atención y caprichos, siempre investigando y estudiando qué era lo mejor para que este perro abandonara el peso de esta etiqueta de peligroso y fuera un animal adaptado con el que poder vivir tranquilamente.
Al año y medio, nuestro hijo debió trasladarse a otra ciudad por motivos laborales y no podía trasladar a Kin, pues su horario de trabajo no le permitiría ocuparse adecuadamente de él y sería uno mas de los perros encerrados en casa por largas horas, así que mi mujer y yo le dimos la posibilidad de acoger a Kin hasta que encontrara otra familia.
Y vaya si la encontró. En la primera semana de convivencia con él ya era imposible que saliera de nuestras vidas. Largos paseos, íntegra compañía, protección, seguridad y mimos. Kin ya era nuestro compañero de jubilación y de vida.
