Durante la Edad Media, bastaba con ser diferente para despertar sospechas. Si eras mujer, vivías sola y compartías tu vida con un animal —un gato, un cuervo, incluso una rana—, eras candidata directa a ser acusada de brujería. ¿Por qué? Porque en una sociedad profundamente patriarcal y religiosa, la autonomía femenina y el amor hacia los animales eran vistos como peligrosos.

Animales como “familiares”

En la Europa medieval, la Iglesia promovió la idea de que ciertas mujeres estaban aliadas con el Diablo. Se decía que este les entregaba un “familiar”: un espíritu demoníaco que tomaba forma de animal. Los gatos negros fueron los más señalados, pero cualquier criatura podía despertar alarma si era tratada con afecto o como un igual.

Mujeres que vivían fuera del orden

Muchas de estas mujeres eran sanadoras, parteras, herbolarias. Vivían en los márgenes, en conexión con la naturaleza, con saberes transmitidos entre generaciones. El hecho de que cuidaran y se dejaran cuidar por un animal era visto como un acto de insubordinación: no necesitaban a un hombre ni obedecían al clero. En una época en la que las mujeres eran propiedad o pecado, esa libertad era inaceptable.

El lazo que amenaza al poder

El vínculo con un animal no solo desafiaba el orden jerárquico humano, también el religioso. Decía la teología que solo los humanos tenían alma. Tratar a un gato como a un hijo o a un compañero rompía esa frontera. El amor libre, instintivo, animal, era también un acto de resistencia.

Hoy, más vivas que nunca

Desde Mascota Verde reivindicamos esa conexión. Las “brujas” de ayer son las mujeres libres de hoy. Las mascotas que nos acompañan no son propiedad ni herramientas, sino seres sintientes con quienes compartimos hogar, cuerpo y alma.